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Poco después del comienzo de la primera guerra mundial Freud escribió un artículo titulado «De guerra y muerte. Temas de actualidad», en el que realizó un primer estudio del duelo. En la segunda parte del mismo dice que nuestra actitud más común hacia la muerte es hacerla a un lado, eliminándola de la vida. En el fondo, cada uno de nosotros está convencido de su inmortalidad, ya que el inconsciente, que no conoce la negación, no cree en la propia muerte, a la que sólo podemos darle un contenido negativo.
Lejos de considerar a la muerte como el desenlace ineludible de toda vida, cuando sobrevienen casos de muerte los atribuimos al accidente, a la enfermedad o a la edad avanzada, enfatizando así el carácter contingente y no necesario de la misma. Un efecto de la guerra es que ya no es posible desmentir la existencia de la muerte. Por otra parte, como en esas circunstancias el otro aparece como el enemigo, nos acomodamos muy bien a la muerte del extraño, que significa el aniquilamiento de lo que odiamos.
Es totalmente distinto cuando se produce la muerte de seres queridos con los que podemos identificarnos. En este caso la reacción suele ser doble: por un lado nos sublevamos contra la admisión de la muerte y, por otro, la consideramos merecida, pues los difuntos queridos se convierten en seres extraños, lo que incrementa la hostilidad hacia ellos. Estos sentimientos ambivalentes han existido desde siempre y se deben a que aun las personas más íntimas han sido también unos desconocidos que habían despertado sentimientos negativos. La pérdida de un ser amado produce entonces un doble impacto, pues obliga a enfrentarse con lo ineludible de la muerte y con la irreductible alteridad del otro.
En Duelo y melancolía, su segundo estudio sobre el duelo, Freud entiende la elaboración del mismo como un trabajo de rememoración: cada uno de los recuerdos y cada una de las expectativas en que la libido se anudaba al objeto deben ser clausurados. Las representaciones del objeto han de s