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Me pidieron ser discutidor del trabajo de Mikel Zubiri; y, al aceptar, me comprometí a «examinar y ventilar atenta y particularmente la materia de la que trata haciendo investigaciones muy menudas sobre sus circunstancias» (Diccionario de la RAL). Lo de investigaciones muy menudas es una exageración en mi caso; no así en el de Mikel Zubiri, que viene ocupándose del asunto al menos desde 1989, cuando publicó Trauma y deporte: un caso clínico, al que han seguido —que yo sepa— «Masoquismo y autosadismo» , Una aproximación psicoanalítica a ciertos dolores físicos y «La escucha de los diferentes tipos de dolor» , amén de ponencias y conferencias, como una en la que le escuché este año en Valencia, de la que no consigo recordar el título. Para mí es meridiano que él sabe de lo que habla y quiero destacar tanto la finura de sus descripciones clínicas como la erudición que muestran sus referencias teóricas. Con mi trabajo sobre el de Mikel Zubiri yo ya me he enriquecido y espero que él, a la vez, se enriquezca con el mío y que ustedes se beneficien de esta discusión, al modo de una relación comensal y para regocijo de Wilfred Bion.
En coincidencia con M. Zubiri, siempre he entendido que la estructura de la melancolía tiene que ver con un sujeto insuficientemente constituido que para poder llegar a ser, une indisolublemente su suerte al objeto; de ahí que las relaciones del melancólico hayan sido descritas, justamente, como narcisistas, porque en ellas es el ser del sujeto el que está comprometido. Sujeto, conflicto y defensa… estructura. Pensadas las cosas así, y si le incorporamos la dimensión pulsional, me parece atinada la descripción que hace Mikel Zubiri de que la estructura melancólica responde a «…la indiferencia del objeto originario hacia el sujeto. La forma de protegerse del futuro melancólico es la proyección narcisista masiva. Para posteriormente amar un objeto que al investirlo se inviste a sí mismo…». Y me adhiero a la idea de que la necesidad