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Las transformaciones de la pubertad imponen numerosas pérdidas. Entre ellas, la separación de los padres para ir al encuentro de nuevos objetos de amor, aceptados por el superyó, constituye una de las tareas más dolorosas que ha de enfrentar el adolescente (Freud, 1905). Este proceso de separación, que responde al deseo de «dejar de ser» a través de los padres para poder «ser él mismo», tiene lugar en medio de un intenso conflicto entre pulsiones y defensas. Paralelamente, la resignificación de las pérdidas infantiles, efecto del mecanismo del après-coup a la luz de la experiencia genital, ponen de manifiesto la dificultad de separación de los objetos primarios, los fallos en la organización narcisista y por tanto en la constitución del sí mismo, base del sentimiento de identidad.
La representación de sí mismo y del otro como seres sexuados, la elaboración depresiva, la reorganización narcisista y el proceso identificatorio obligan al adolescente a un laborioso trabajo psíquico que le permitirá al final de este periodo el acceso a la organización psíquica adulta.
Dentro de este proceso, los movimientos de desinvestidura debidos a la decepción respecto a los ideales infantiles y de desidentificación en relación a las figuras parentales, especialmente cuando no es posible el desplazamiento libidinal hacia nuevos objetos, pueden dar lugar a un repliegue narcisista consecuencia de la vulnerabilidad del yo que caracteriza este momento de reorganización psíquica, o a una regresión narcisista severa, de carácter melancólico con un alto componente autodestructivo.