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Si Mors certa, hora certa es la fórmula de la desesperación, Mors certa, hora certa sed ignota la fórmula de la angustia, y, al contrario, Mors incerta, hora incerta la fórmula de la esperanza quimérica, habría que reconocer en la fórmula disimétrica Mors certa, hora incerta el lema de una voluntad seria y militante, tan alejada de la desesperación como de la esperanza quimérica.
La vivencia de la propia muerte como desenlace final de la vida opera psíquicamente como una presencia permanente y una amenaza crónica. Propongo denominar trauma por la propia muerte futura al vínculo subjetivo que cada persona mantiene permanentemente con el trauma final (definitivo), es decir con su propia muerte futura (Montero, 2005). Quiero aclarar que más que una disquisición representacional, pretendo relevar un cierto tipo de trabajo metapsicológico que decanta del conflicto que origina «el punto más espinoso del sistema narcisista, esa inmortalidad del yo que la fuerza de la realidad asedia duramente» (p. 88) (Freud, 1914c, p. 88).
Podrá objetarse a mi elaboración la denominación de trauma para una experiencia (traumática) que (aún) no ha acaecido efectivamente, considerando que una de las definiciones de trauma comprende aquellos sucesos que desbordan la capacidad representacional del aparato psíquico. La respuesta estaría en el adverbio «aún», que significa aquello que «todavía» y «hasta un momento determinado» no ha sucedido, pero implicando algo que inexorablemente se cumplirá. Aquello que «aún» o «todavía» no ha sucedido constituye una presencia psíquica que tiene valor de realidad, siempre presentida,