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Numerosos psicoanalistas piensan que en la adolescencia no se puede y no se debe hacer un diagnóstico de psicosis declarada. Son los Laufer los que han utilizado la expresión «ruptura del desarrollo» para indicar una situación de bloqueo en la que el adolescente, confrontado a los conflictos propios de esta edad, como la integración del cuerpo sexuado y el duelo evolutivo, no consigue madurar. Esta definición testimonia una especificidad de la patología del adolescente (un tema, por otra parte, muy debatido) que es bastante diferente de la patología del adulto: su flexibilidad, su movilidad y su capacidad de evolución permiten que síntomas psicóticos mayores, como los delirios paranoicos o las alucinaciones, puedan ser un fenómeno transitorio, ligado a la defensa puesta en marcha contra los conflictos del desarrollo.
De todas formas es esta movilidad de la patología la que nos pone en alerta y nos empuja a mantenernos en ella: el clínico debe seguir de cerca la evolución de la ruptura, cuya presentación puede variar según la organización de la personalidad, las capacidades del individuo, la evolución del tratamiento y las experiencias concomitantes. La evolución de estas patologías, cuando son tratadas de manera adecuada, es normalmente a la curación total o, lo más a menudo, la curación parcial; el psicoanalista que trabaja con estos casos debe evaluar con atención la evolución de la ruptura en su conjunto y las soluciones que los pacientes ponen en marcha al final de la adolescencia. Ésta es la razón por la que querría reflexionar hoy sobre cierto número de evoluciones posibles de estas patologías del desarrollo.