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El yo… es principalmente y antes que nada un yo corporal.
Deseo empezar con la descripción de una típica sesión de resistencia que tuvo lugar cuando el analista estaba a punto de tomar un descanso de varias semanas. Este joven había estado actuando como si no le importara la inminente separación. Durante la sesión anterior, hizo referencia a una niñera muy querida que había sido despedida cuando el paciente era niño.
El paciente entró al consultorio, sin responder al saludo del analista a la entrada, cosa que no solía hacer. Se echó en el diván, se mantuvo callado durante unos minutos y finalmente dijo: «Me siento furioso». Después de unos cinco minutos de silencio, el analista le preguntó: «¿Hay rabia en este silencio?». «Me imagino que sí», respondió el paciente. «Pensará que estoy furioso con usted, pero estoy furioso con todo el mundo. Siempre estoy furioso. Estuve furioso con mi mujer cuando me desperté esta mañana y con el taxista cuando venía hacia aquí. No tiene nada que ver con usted. Tampoco conmigo. Parece que todo el mundo anda furioso hoy en día; basta con leer los periódicos». Luego el paciente procedió a contar una serie de anécdotas que mostraban la rabia que sentía hacia sus compañeros de trabajo y la que éstos sentían hacia él u otros. Todas estas quejas y acusaciones tenían que ver con el dinero y, paradójicamente, cuantos más detalles brindaba, se volvía más impreciso y circunstancial. El tono de su voz se convirtió en un zumbido. Estaba haciendo una lista oculta dentro de una especie de miasma financiero hipnótico, mezquino y obsesivo que parecía tener como objetivo demostrar que «todo