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El obsesivo se defiende, encarnizadamente, con sus síntomas, del dolor de existir, del dolor del amor. Sufre de deseos que le obsesionan y tiene terror a esos mismos deseos.
Se presenta en falta, culpable y acosado por autorreproches. La neurosis obsesiva es una enfermedad de la moral abrumada por ideas mortificantes, que se presenta bajo la modalidad de la culpa y la deuda. Enredado en la jaula narcisista, el obsesivo pretende un control total a partir de su yo; la pretensión ilusoria, forzada e imposible de controlar y manejar los hilos de la escena deseante de los otros.
El obsesivo no puede perder, porque cualquier pérdida lo remite a la castración, a un desfallecimiento de su imagen narcisista. De allí su carácter anal, retentivo, respecto al dinero que se ha constituido en metáfora del falo. De allí su afán de controlarlo todo, especialmente su objeto amoroso.
Así como en la histeria la otra mujer aparece en el horizonte como la figura fantasmática que podría responder a la pregunta inconsciente ¿qué es ser una mujer?, la figura que acompaña al obsesivo es la muerte. La pregunta histérica se refiere al sexo, la obsesiva a la existencia.
Su pregunta esencial es por tanto: ¿estoy vivo o muerto? Las grandes hazañas yoicas, las necesarias demostraciones de potencia en la escena del mundo a las que se ve arrastrado son un intento de sentirse vivo. Dar prueba de que está vivo en la proeza de la acción, desde la omnipotencia. Pasión de ser, de seguir siendo el falo de la madre, lugar que ocupó imaginariamente al creer satisfacerla allí donde el padre no lo hacía.
Dar a ver una imagen frente a sí mismo como amo que esconde su carácter de siervo, de esclavo de su propio circo en el combate permanente por el reconocimiento.