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En Moisés y la religión monoteísta (1939), Freud nos habla, por primera vez, del doble destino del traumatismo: uno negativo, cuando la libido inviste el Yo, no al servicio de su integridad, reanimando las identificaciones, lo que permitirá reinvestir de nuevo los objetos en un feedback permanente, sino al servicio de los enclaves autísticos, de las cicatrices de antiguas heridas narcisistas consecutivas a antiguos traumatismos (duelos de la infancia, separaciones, etc.), verdaderas fortalezas, «Estado dentro del Estado», que decía Freud, capaces de devastar al Yo. En estos casos, nos encontramos delante de una investidura «fetichista» del Yo (más bien, de determinados componentes del Yo relativos al Yo ideal y al ideal del Yo), cuya externalización en el tratamiento dará lugar a una transferencia también fetichista (E. Kestemberg) es decir, imposibilidad de mover nada; la transferencia se convierte en un objeto inmóvil, desencarnado, que alimenta un desmentido permanente de la castración: la rabia, el rencor, el odio, la vergüenza, la humillación, el resentimiento, las actuaciones, las manifestaciones somáticas, etc., así como cualquiera de sus formaciones reactivas (la bondad, la humildad, la compasión, etc.), están al servicio de renegar la diferencia, la frustración, la dependencia, etc., evitando de este modo, nuevas «heridas narcisistas».
Freud nos habla también, en este texto, del destino positivo del traumatismo, cuando el Yo se enriquece, organizándose y estructurándose a través de las sucesivas resignificaciones retroactivas (el después, el aprèscoup de los franceses), que siguen a los traumatismos. Aquí la libido vuelve desde los objetos al Yo para restablecer su integridad y darle un sentimiento de unidad y de existencia. Estoy hablando de la «autoestima», que dará al sujeto ese sentimiento de amarse, de ser amado y de amar.
La unidad del Yo depende de lo que se ha venido a llamar la «narcisización», neologismo significante del proceso que expresa los movi