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Al abrir la puerta de mi consulta, aparece ante mí un joven de 20 años de complexión atlética, muy moreno y alto. La llamada previa del padre, describiendo a su hijo como un enfermo asmático y presa de un estado de angustia terrible, me había predispuesto a recibir a un paciente más frágil, por lo que me sorprendí al verle y al reflexionar sobre él tras la sesión, me vino a la mente la historia de Sansón y Dalila.
Sansón me cuenta que lleva un mes con una intensa angustia que le impide dormir, le ha quitado el apetito y le obliga a caminar de un lado a otro, sin descanso —pues es lo único que ha encontrado que le alivia el estado de continua angustia. Pienso en la repercusión somática de la angustia y de la puesta en marcha de defensas comportamentales para aplacarla. De nuevo, el mito de Sansón se me vuelve a hacer presente, en particular la imagen de cuando al descubrir su secreto y serle cortada la cabellera, es apresado por los filisteos.
La angustia empezó en casa de unos amigos de forma repentina, se manifestó como taquicardia, sensación de confusión y de mareo. Él no encuentra ninguna razón, pues en ese momento estaba cenando tranquilamente. Tras las pertinentes pruebas, los médicos le han manifestado que todas ellas son normales y que no tiene ninguna alteración orgánica. El paciente prosigue, en tono enfadado, diciendo que no está bien y que algo le tiene que estar ocurriendo.
Tras preguntarle sobre su familia, sólo contará que es hijo único y que su madre y su padre por motivos de trabajo han estado muy ausentes. Recuerda haberse criado en la plaza del pueblo, junto a los demás vecinos.
Como datos importantes de su historia, me destaca dos recuerdos también acompañados de angustia. El primero, cuando viajó a casa de sus abuelos paternos (en el extranjero), tenía 12 años y, al quedarse solo con ellos por la