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Winnicott decía que la mayoría de sus ideas se inspiraban en su trabajo con los pacientes, en lo que le habían hecho pensar y vivir. Muchos pacientes se pasan la vida preguntándose si para ellos sería una solución el suicidio, es decir, entregar el cuerpo a una muerte que ya ha sobrevenido psíquicamente. Así, el suicidio sería un gesto desesperado. «Ahora comprendo por primera vez lo que me quiso decir una paciente esquizofrénica, que se suicidó, cuando me dijo: “Todo lo que le pido es que me ayude a suicidarme por la razón correcta, y no por una razón equivocada”. No lo logré, y se mató, desesperada, buscando una solución». Winnicott reflexiona con dolor y escribe que debería haberle podido formular que ella ya había muerto en su temprana infancia. Así podría haber llegado a la vejez.
Para Winnicott el temor al derrumbe es el temor a un derrumbe que ya tuvo lugar. Es el miedo a una agonía originaria que obliga a desplegar una organización defensiva. La agonía primitiva no puede convertirse en tiempo pasado a menos que el yo del paciente sea capaz de recogerla dentro de su experiencia presente. Si el paciente puede ir aceptando esta paradoja, queda abierto el camino para vivir la agonía en la transferencia. Winnicott describe distintas agonías primitivas: retorno a un estado de no-integración; caer para siempre; pérdida del sentido de lo real; pérdida de la capacidad para relacionarse con los objetos; pérdida de la relación psicosomática. Más adelante volveré sobre esta última.
En el año 2007 la Biblioteca Nacional de Buenos Aires conmemoró con un homenaje los 30 años del trágico secuestro y desaparición de Héctor Germán Oesterheld y sus hijas durante la dictadura de Videla y los 50 años del