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Cuando en los años sesenta del pasado siglo yo llegué a Buenos Aires para hacer mi formación psicoanalítica, el destino ya pareció interesado en reunirme con Carlos Paz porque muy poco después me llevó a vivir a una casa de la Avenida Santa Fe en la que él residía y cuando inicié mi primer año de Seminarios en la APA me encontraba con él terminando el tercero y último de su formación.
Esta casualidad hizo que nos reconociéramos y saludáramos cordialmente mucho antes de que el futuro entrelazara nuestras vidas de forma mucho más estrecha, años después de que ambos abandonáramos aquella casa de la Avenida Santa Fe.
Es en 1966, cuando también yo he terminado mi formación psicoanalítica oficial y estoy preparando mi trabajo para Miembro Asociado de la APA, cuando un paciente muy problemático a causa de sus graves actuaciones me obliga a buscar ayuda con una nueva supervisión (naturalmente había terminado las dos oficiales) y alguien me sugirió el nombre de Carlos Paz que ya empezaba a destacar como alguien interesado en casos difíciles.
Fue entonces cuando se inició una relación profesional y personal de la cual yo no he recibido más que bienes, de manera que no puedo decir que se terminó el pasado 30 de noviembre cuando sé muy bien que, en mi interior, se mantendrá mientras viva tal como ocurre con toda relación significativa.
Aquella primera supervisión fue ya tan enriquecedora para mí que, además de ayudarme decisivamente en el análisis de mi paciente (y la prueba es que ambos sobrevivimos) me ayudó también en mi propia evolución psicoanalítica.
Lo primero que me enseñó fue a comprender las limitaciones que conlleva el carácter oficial de las supervisiones didácticas cuando ambos participantes nunca podrán escapar, por más que lo pretendan, de su condición evaluadora. Es muy difícil poder aprender mientras se siente uno examinado en