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Vedle ahí…
erguido al fin y sin cadenas
en proa de la barca de Caronte,
surcando la Estigia y arrivando al Hades
en busca del abrazo con Psiqué
—eterno—
en los feraces prados Elíseos…
Creo que este comienzo, con rumor coral griego, hubiera agradado a Chilis… Ha brotado —para mi propia sorpresa— de esa reserva emocional escondida en la cual, como sabemos, el corazón tiene razones que la razón no entiende…, sin duda por su atmósfera trágica y su evocación heroica.
Cuando, en pleno verano de 2007, recibí la noticia de su absurdo y terrible accidente, tuve que interrumpir durante varias horas aquel trabajo (precisamente sobre el desamparo humano) que entonces estaba construyendo y sólo después de escribir largamente mi dolor e impotencia, pude reanudar mi ocupación. Ese pobre manifiesto mío no pretendía llegar a ningún destino… porque el destino no tiene lugar ni horas precisas para concertarse. Chilis lo encontró en medio de unas preciosas vacaciones y haciendo lo que tanto le gustaba: recorrer bellísimos senderos agrestes con Loli, su amante compañera de toda la vida y con sus amigos. Una caída banal… y se nos quedó demasiado roto y completamente lúcido.
Durante tres años y medio pudo permanecer entre nosotros, aferrado a la vida y atado a sus cadenas de parálisis y durante todo ese tiempo no encontró un segundo para imprecar su dolor. Consciente de que viviría poco —lo intuyó y verbalizó— permaneció, como los grandes estoicos, muy ocupado en mantener la verdadera dignidad humana, la única que le importaba: poder amar y permitir ser amado… y no debió ser tarea fácil lograrlo, con todo el