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Si tomamos como punto de partida que nuestro quehacer de psicoanalistas tiene un más allá -o un más acá- del consabido «volver (verbalmente) consciente lo inconsciente» y que, inevitablemente, habremos de ocuparnos de las ingentes consecuencias de aquel primitivo desamparo (Hilflosigkeit) que es nuestro origen y que Sigmund Freud señaló como primer factor del enfermar,1 sería conveniente que nunca olvidemos que fue precisamente nuestro desvalimiento original (y sus retoños) lo que nos hizo advenir a lo que somos: seres humanos, con una altísima intolerancia a todo lo que resulte precoz, prematuro, extemporáneo… y con una imperiosa necesidad de ser amados y comprendidos que no nos abandona jamás.
Me permito añadir a la reflexión de Freud la necesidad de ser comprendidos (además de amados), porque en mi opinión sólo la función de ensoñación o rêverie analítica es la que puede —si existe— librarnos de la catástrofe y relanzar nuestra creatividad.2
Con esta premisa como base, los analistas deberíamos estar dispuestos a «escuchar» con todos nuestros sentidos, cuantas «descargas» de lo «irrepresentable» en pensamiento necesite hacer cada uno de nuestros pacientes, en su infatigable camino hacia un estado suficiente de salud.
No se trata de que, en sentido estricto, no exista en esos casos una huella-representación inconsciente, que indudablemente de una u otra forma está (y perpetuamente activa) pero, evidentemente, no se halla disponible en el elevado código de la representación palabra y alcanzará la luz por los caminos que le sean transitables, una vez comprobado que el objeto-analista es capaz de recoger lo que en esa historia personal y propia permanece —como los personajes