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Concebimos el proceso psicoanalítico como una alternancia de movimientos, en unos momentos, en un sentido regresivo y progresivo en otros. El regresivo, constituye una de las primeras reacciones del aparato psíquico ante la frustración. Mientras que el segundo sería la consecuencia del trabajo psíquico que demanda la pulsión, moción pulsional en su encuentro con el objeto .
Sabemos que la regresión no siempre conduce a un movimiento de vuelta progresivo y que por tanto en ocasiones cumple única y exclusivamente una función defensiva . Sabemos igualmente, que las exigencias y el esfuerzo psíquico que demanda la inversión de sentido del movimiento, está condicionado por la estructura del sujeto. Incluso por las interacciones de la organización psíquica con el medio externo; y entendemos que aquí la represión y determinados efectos de la escisión, contenidos psíquicos que quedan fuera del circuito represión-vuelta de los reprimido, juegan un papel fundamental. Así como los puntos de fijación o los diferentes modos de funcionamiento del aparato psíquico.
Estas excursiones hacia el pasado, prospecciones arqueológicas de lo arcaico en el trascurso del análisis, no están exentas de riesgos. Riesgos que van desde una suerte de bucles repetitivos comandados por la pulsión de muerte, hasta fatídicos «breakdown»1 (desobjetalización), cuyos máximos exponentes son la desorganización psíquica y la enfermedad psicosomática .
En 1918 Freud postuló la existencia de un «funcionamiento mental primitivo» estrechamente relacionado con la identidad de percepción (función perceptiva), la constitución de la huella mnémica (función memoria) y con la formación del «núcleo del inconsciente». Es decir, un modo de inscripción de lo psíquico en el nivel sensorial-perceptivo.2 Dicha actividad mental