You do not currently have permission to view the full text for this document. Please sign in to an account with an active subscription or contact support.
El psicoanálisis surge, desde el inicio, como una forma de tratamiento individual.
Tiene la función de curar muchos trastornos de la vida psíquica, de favorecer la comprensión y el tratamiento del sufrimiento psicológico de la infancia, de las perturbaciones adolescentes y de las dificultades individuales en la vida adulta, con el objetivo preciso (que además tiene una repercusión social) de mejorar la calidad de vida y las relaciones entre las personas; de ahorrar a éstas, a sus familias y a la comunidad en la que viven, gran cantidad de daños emocionales, de salud y a veces incluso económicos, realmente considerables.
Todo esto es verdad e importante, sin duda, pero no cierra el tema.
Hay, de hecho, otros aspectos más generales de la función social del psicoanálisis, que se dan, es cierto, a través de los procesos de transformación personal de los pacientes, pero que afectan también a la cultura, a la «mentalidad», al estilo relacional y al ambiente global de las comunidades humanas: un efecto difuso de reverberación social de los cambios propiciados por la experiencia psicoanalítica, puede ser percibido macroscópicamente, en los países en los que el psicoanálisis se ha consolidado como una práctica habitual.
En algunas culturas tradicionalmente autoritarias y represivas, el psicoanálisis puede favorecer el desarrollo de una mayor libertad de vida y de pensamiento; en otros, ya más liberales y aparentemente más avanzados desde el punto de vista civil y tecnológico, el psicoanálisis puede promover la recuperación de elementos de humanidad que han podido perderse, «desperdigados» por un exceso alienante de tecnologización, de informatización y de desconexión del contacto con el Sí mismo (Self) y con los demás.
De todo esto hablaré brevemente, sin pretender agotar un tema tan extenso, pero sin renunciar a poner en evidencia algunos puntos básicos.