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El psicoanálisis de los adolescentes ha adquirido en estos últimos veinte años una importancia relevante no sólo porque un gran número de adolescentes hoy solicita un tratamiento, sino también por el hecho de que ahora somos más capaces de tratarlo. Y comprenderlos mejor nos ha mostrado que la adolescencia no es tanto una fase temporal de nuestra vida sino más bien un agente organizador de nuestro funcionamiento mental (Cahn, 2002). Como dice Kestemberg «todo se prepara en la infancia, pero todo se juega en la adolescencia».
Ya Eglé y Moses Laufer (1984) habían descrito algo parecido cuando en su libro sobre el breakdown (descompensación) evolutivo nos invitaban a suspender el uso de las categorías diagnósticas que normalmente se utilizan con los adultos y sostenían que más bien habríamos tenido que preguntarnos cómo cada adolescente afrontaba su propia adolescencia: si se la saltaba completamente, si la evitaba o si se quedaba en una situación de bloqueo. Desde mi punto de vista, en esta sugerencia estaba ímplicita la idea de que la adolescencia representa más bien una enzima que activa el funcionamiento de la mente gracias precisamente al impacto con una serie de desafíos evolutivos.
Si quisiéramos recordarlos todos aquí sería difícil: la necesidad de integrar los cambios del cuerpo sexuado, afrontar la agresividad y los duelos evolutivos necesarios para separarse, afrontar el reaflorar de temáticas edípicas, redefinir la idealización, la necesidad de reinvestirse narcisísticamente y estructurar la identidad. Estos desafíos cambian el mundo intrapsíquico y el interpersonal del adolescente pero afortunadamente llegan con un empuje espontáneo a la integración y al crecimiento y con una extraordinaria capacidad de remodelación identificatoria que hay que respetar y, además, potenciar.