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En los días que escribo estas líneas cumpliría María Teresa Ruiz 96 años de edad, falleció el pasado mes de mayo conservando casi hasta sus últimos días toda su capacidad intelectual. No voy a insistir en su labor de pionera del psicoanálisis en la constitución de la Sociedad Española de Psicoanálisis y posteriormente en la Asociación Psicoanalítica de Madrid, pero sí recordar que fue la analista personal de muchos de nosotros y supervisora del trabajo analítico de otros muchos que hoy día son parte muy importante de nuestra Asociación. Todos hemos sido testigos de su capacidad clínica y su pasión por el psicoanálisis, siempre lejos de cualquier dogmatismo.
Habiéndola conocido como mi analista personal durante largos años, y posteriormente en las responsabilidades institucionales que tuve la suerte de compartir con ella, sí quiero transmitir algunas de sus características personales que tanto me han ayudado. Pese a ciertas modas mantuvo siempre un definido compromiso terapéutico en su trabajo psicoanalítico, y una actitud abierta a diversos planteamientos psicoanalíticos tanto en la clínica como en sus comentarios. Así recuerdo mi primera entrevista con ella cuando, siendo un recién licenciado en Medicina y cursando la especialidad de Psiquiatría, solicité que me incluyera en un grupo para conocer de primera mano el psicoanálisis, me miraba con la intensa mirada de sus bellísimos ojos, escuchaba, y finalmente me preguntó por qué negaba que pudiera haber aspectos enfermos en mi personalidad. Siempre me transmitió que tanto en el grupo al que asistí como en mi posterior análisis personal el objetivo era terapéutico y conseguir mejor disfrute de las posibilidades que me ofrecía la vida. Recuerdo su flexibilidad en las primeras épocas de mi análisis en las que yo aún no acababa de comprender la necesidad del rigor de ciertos aspectos del encuadre, su respeto, comprensión e incluso apoyo por las diversas y singulares aventuras en que me embarcaba tanto profesional como pe