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Rafael, me parece muy interesante tu intervención y me ha sugerido muchas ideas.
Sin duda el encuadre sitúa fuera cosas que «no pueden ocurrir», para respetar la constitución psíquica del analizado y hacer posible el proceso, pero «lo que no puede ocurrir» ha ido variando a lo largo de la historia del psicoanálisis. Breuer se vio sobrepasado por lo que «no debía haber ocurrido» en el trabajo con Ana O., pero… ocurrió. Freud tomó nota de esto e ideó primeramente una técnica creyendo con optimismo que bastaría con acceder al trauma para provocar la curación en los pacientes… lo que le llevó a una grave crisis personal pero también a una más completa apreciación de toda la complejidad y potencia del fenómeno que estaba estudiando. Creo que «lo que no puede ocurrir» es un razonable límite teórico-técnico convenido por psicoanalistas concretos en un momento dado, pero que variará en otro momento porque otros psicoanalistas habrán logrado significar mejor los enigmas anteriores.
Sin duda estas sorpresas son la base del progreso del análisis. Cada vez han ido ocurriendo más cosas que en principio no se pensó que fueran a ocurrir pero que posteriormente se vio que inevitablemente ocurrían, como la transferencia por ejemplo, lo que supuso el progreso de la técnica sobre la base realista de la hipercomplejidad del psiquismo.
Antes de los años cincuenta no debían ocurrir fenómenos contratransferenciales porque se relacionaban con análisis insuficientes o incompletos, y hoy no sólo ocurren sino que se trabajan como herramienta técnica esencial. No debía expresarse cosa parecida al «odio en la contratransferencia» como lo expone Winnicott y sin embargo él lo consideró una pieza clave para el progreso de ciertos pacientes, o como los del «trabajo en doble» de C. Botella