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Freud abordó el tema de manera definitiva en su texto muy tardío Escisión del Yo en el proceso de defensa (Freud, 1938). Se trata de una actitud por la cual el niño encuentra el medio de evitar el impacto de la castración materna no a través del conflicto neurótico, la represión como defensa y la consiguiente formación de síntomas, sino escindiendo al Yo mismo.
La angustia de castración que ha sido renegada tiene como efecto la perversión que permite velar con el fetiche o actos sadomasoquistas, exhibicionistas o voyeuristas el horror de la falta pero produce un agujero en el Yo, que Freud conceptualizó como escisión (Spaltung).
A diferencia del neurótico que se priva del placer en su vida sexual (impotencia, vaginismo, frigidez), el perverso evita la angustia y la inhibición a través del acto. Dispensado de la tragedia edípica, que tanto cuesta sintomáticamente al neurótico, al mismo tiempo que rechaza la deuda con el padre por separarlo de la madre, paga un alto precio: la renegación amenaza incesantemente con volver a través de la barrera del acto que el sujeto le opone.
Traducimos por renegación o desmentida la palabra alemana Verleugnung, defensa específica de la organización perversa que suple la asunción simbólica de la castración. La creencia en la omnipresencia del atributo fálico preserva el mito narcisista de la omnipotencia materna, y por ende, la propia.
El mecanismo específico es la renegación de la falta y su consecuencia, la escisión del Yo. Lo que no quiere ser visto es borrado de la percepción pero el Yo queda, al tiempo, quebrado.
La falta generadora de horror será colmada por la suposición que el falo de la madre existe, pero fuera, en la escena del goce, como causa del deseo. A partir de allí, está condenado al acto para oponerse a la amenaza de castración que a falta de haber sido simbolizada retorna una y otra vez.