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La memoria siempre es equívoca como registro de los hechos, ya que está distorsionada por la influencia de fuerzas inconscientes. Los deseos interfieren el funcionamiento del juicio, debido a la ausencia de la mente cuando la observación resulta esencial. Los deseos distorsionan el juicio porque seleccionan y suprimen el material por juzgar.
La Memoria y el Deseo ejercitan e intensifican aquellos aspectos de la mente que derivan de la experiencia sensorial. Promueven así una capacidad derivada de las impresiones sensoriales y destinadas a servirlas. Tienen que ver, respectivamente, con las impresiones sensoriales de lo que se supone que ha ocurrido y las impresiones sensoriales de lo que todavía no ha sucedido.
La «observación» psicoanalítica no se ocupa de lo que ha ocurrido ni de lo que ocurrirá sino de lo que está sucediendo. Además, tampoco se ocupa de las impresiones sensoriales o de los objetos de los sentidos. Todos los psicoanalistas conocen la depresión, la ansiedad, el temor y otros aspectos de la realidad psíquica, sea que dichos aspectos hayan podido ser eficazmente rotulados o no. Éste es el verdadero mundo del psicoanalista, acerca de cuya realidad no abriga duda alguna. Sin embargo, la ansiedad, por ejemplo, carece de forma, de olor, de gusto; la percepción de los concomitantes sensoriales de la experiencia emocional constituye un obstáculo para la intuición que el psicoanalista tiene de la realidad con que debe manejarse.
Para el analista cada una de las sesiones debe carecer de historia y de futuro.
Lo que «se sabe» sobre el paciente carece de importancia, es falso o irrelevante. Si tanto el paciente como el analista lo «saben», entonces es obsoleto. Si uno de ellos lo «sabe» y el otro no, interviene aquí una defensa o un ele