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En este trabajo saldrá a la luz la particular cualidad de la relación que se instaura entre el analista y el paciente que ha sufrido traumas precoces relacionados con la experiencia del abuso.
Nos referimos al concepto de trauma, entendido como una experiencia arcaica e invasiva, capaz de comprometer las investiduras objetales, la estructura de la identidad de la persona y sus procesos de representación.
Los pacientes traumatizados gravemente, como en los casos de abusos físicos prolongados en el tiempo, conservan las huellas de esa experiencia, pero no son capaces de elaborarla dado que el hecho traumático no es en sí pensable, ni representable y se corre el riesgo por lo tanto de que se repita, alimentando ulteriores heridas, sufridas o inflictas, en un desgraciado circuito sin fin.
Estas personas ponen a dura prueba al analista, requerido contratransferencialmente por intensas emociones y llamado a compartir empáticamente las potentes pasiones que están en juego.
Freud describe el trauma como consecuencia de un exceso de pulsiones, internas y externas, que el Yo no es capaz de afrontar. Cuando Freud habla de trauma, se refiere en general al trauma sexual relativo a su teoría de la seducción, una experiencia traumática que no compromete las investiduras objetales, ni los procesos de representación.