You do not currently have permission to view the full text for this document. Please sign in to an account with an active subscription or contact support.
La relación de la filosofía con el psicoanálisis ha sido siempre ambivalente. Un amor-odio mal disimulados recorrió tanto el pensamiento freudiano respecto a la filosofía como el de muchos filósofos respecto al psicoanálisis. Sabemos de las importantes referencias que implicaron para Freud filósofos como Schopenhauer y Nietzsche, aunque me parece importante destacar el vínculo particular que tuvo con Kant, sobre todo en el campo de la ética, cuando destacó que el imperativo categórico kantiano es el heredero directo del complejo de Edipo (Freud, 1924). Sabemos de las importantes críticas de dos grandes pensadores contemporáneos, Witggenstein y Popper, pero también sabemos de la importancia positiva respecto al psicoanálisis que tuvieron filósofos de la escuela de Frankfurt de la talla de Adorno, de la escuela francesa como Althusser, Ricoeur y Badiou más recientemente, y finalmente Lacan, en ese filo de la navaja entre psicoanálisis y filosofía y en esa profunda reflexión en la que finalmente hace triunfar a la influencia transformadora del psicoanálisis sobre la filosofía, al grado tal de postularse como antifilósofo.
Gran parte del aparente desprecio de Freud por la filosofía sin duda se apoya en las críticas intensas que suscitó su concepto de inconsciente. Sabemos que todo el apartado I de Lo inconsciente (Freud, 1915) está destinado a una justificación frente a la psicología y la filosofía clásicas, para las cuales lo psíquico coincidía necesariamente con lo consciente, de lo necesario y legítimo de su descubrimiento, e insistiendo además en que la suposición de que lo inconsciente podría considerarse como un estado mental latente que habría que referir supuestamente más a lo físico que a lo psíquico no tendría ninguna base ni fisiológica ni química.