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[…] el estudio de la cultura no es, para el psicoanálisis, un mero complemento, sino que, según hemos indicado, estuvo presente en Freud desde el principio, contribuyendo a la forja de las principales hipótesis y conceptos psicoanalíticos.1
El pensamiento freudiano tiene una amplitud difícil de abarcar en la extensión de un artículo. Su ambición fue relacionar tres niveles de la experiencia humana: el biológico, el psíquico y el social. Del aspecto biológico da cuenta el enfoque económico de su metapsicología, formulado desde muy temprano y mantenido a lo largo de toda su vida. De este nivel surgirá, avanzada ya su obra, el concepto de pulsión definido como «Un concepto fronterizo entre lo anímico y lo somático, como un representante psíquico de los estímulos que provienen del interior del cuerpo y alcanzan el alma, como una medida de la exigencia de trabajo que es impuesta a lo anímico a consecuencia de su trabazón con lo corporal» (Freud, 1915).
De esta definición se desprende la idea de que la primera función del aparato psíquico es la de producir un cambio de registro de la energía desde lo económico a lo mental. Es así cómo la energía sexual física necesita convertirse en libido sexual; esa energía sexual de origen físico, debe investir a las representaciones psíquicas para convertirse en psico-sexualidad (Freud, 1895b).
Según este punto de vista, dicho aparato surge como una necesidad impuesta por la biología, de darle un destino psíquico a las energías somáticas. Destino que se concreta en un encuentro inaugural.
En lo que sigue, y partiendo de la concepción expresada, me circunscribiré al polo psico-social de su pensamiento, sabiendo que se trata de un artificio expositivo.