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El debate entre psicosexualidad e identidad de género, que se instaló a finales del siglo pasado en el interior de la conceptualización psicoanalítica, es una de las formas que adopta la antigua controversia entre natura y nurtura. Efectivamente, es el debate entre una visión de la masculinidad y la femineidad como algo que viene dado por el desarrollo evolutivo natural, según una secuencia libidinal predeterminada biológicamente, o como resultado de complejas construcciones identitarias desde el discurso social. Discurso que no se refiere a entes sociales abstractos sino que implica a la micro sociedad familiar, donde nace y crece el sujeto infantil rodeado de vínculos emocionales con otros significativos.
En realidad es un dilema donde vuelve a emerger un debate más profundo que transita la teorización y la práctica psicoanalítica del post-freudismo, entre las así llamadas teorías pulsionales y las teorías de las relaciones de objeto, consideradas en un sentido amplio. Entre una idea de psiquismo surgiendo desde el interior, desde las representaciones del cuerpo biológico excitado, y otro modelo que lo supone surgiendo de las inscripciones del encuentro entre el sujeto y la mirada de los otros del espacio intersubjetivo. Polarizaciones de la teoría que han llevado, por un lado a narrativas psicoanalíticas en las que pareciera que sólo cuenta la economía psíquica y el objeto significativo emocionalmente está ausente de la escucha, y por otro a narrativas donde la presencia de ese objeto es tan aplastante que no deja espacio para el desarrollo de la imaginación psico-sexual.
Toda relectura del texto freudiano nos descubre esta controversia en diferentes momentos de su obra. Efectivamente, Freud siempre sostuvo, parafraseando una expresión de Napoleón, que «[…] la anatomía es el destino» (1924, p. 185) enfatizando lo biológico en la adquisición de la femineidad o de la masculinidad. Sin embargo, sin negar la relevancia que tiene en el corpus teórico freudiano la primac