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Voy a empezar mi reflexión evocando un momento extraño. En mi entonces incipiente actividad clínica acababa de recibir el impacto emocional de una grave agresión dentro de una pareja que relataré más adelante. Poco después asistí a la representación de la ópera L'elisir d'amore. En el momento sublime del aria en que el tenor canta su «furtiva lagrima», se dice textualmente que se puede morir de amor, como excelso ideal de una relación amorosa. Como entenderá el lector escuché por primera vez estas palabras desde otro lugar, con la extraña sensación de lo cerca que pueden estar determinados ideales de las mayores monstruosidades de que es capaz el ser humano.
¿Qué tipo de amor sería el que puede llevar a matar y a morir, si es que realmente es amor? ¿No se trataría más bien de pasiones mortíferas desembocadas? ¿En qué radicaría su especificidad?
Antes que nada, quiero advertir de que la cuestión del maltrato es muy espinosa y difícil de abordar por varios motivos que paso a desgranar:
Primero, porque a menudo reflexionamos al respecto en momentos de profunda indignación. Quisiera citar aquí a Bonnet (2008), un psicoanalista francés que ha trabajado mucho con delincuentes, incluyendo a asesinos de niños y a perversos. Comenta muy acertadamente cómo noticias de crímenes con mucho impacto mediático a menudo generan en la sociedad, en los medios, en los políticos, incluso en la justicia una dinámica en la que paradójicamente