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Entre los debates actuales en el campo psicoanalítico se destaca el que se refiere a las eventuales relaciones u oposiciones entre la psicosexualidad y el género. Sabemos que el eje de la comprensión psicoanalítica de los procesos de subjetivación pasa por la psicosexualidad, eje establecido con claridad por Freud en Tres ensayos de teoría sexual (1905). A partir de aquí quedan establecidas 2 opciones: ¿es la sexualidad un producto exclusivamente endógeno que se sostiene en un campo pulsional también endógeno, o bien se trata de una «producción» multideterminada en cuyos itinerarios y entrecruzamientos juegan un papel esencial el mundo externo, el otro, los otros? En este último caso, ¿qué papel juegan las determinaciones de género en cuanto se sostienen en las tramas culturales, los discursos vigentes, sus normas, sus ideales?
Para algunos el concepto de género, como construcción cultural, es extranjero al psicoanálisis y desnaturalizaría el eje puesto en la psicosexualidad. Para otros, es inevitable su introducción en el campo psicoanalítico. A la vez, hay que señalar diferencias entre los que sostienen que el género marca los trayectos de la sexualidad y los que sostienen la postura inversa.
La cuestión estriba, entonces, en si puede haber relaciones entre ambas categorías y, en ese caso, cuáles serían las zonas de inclusión o exclusión. Esto incluye tener en cuenta con qué recaudos epistemológicos se pueden pensar sus posibles concordancias y discordancias. Están en juego desafíos que implican analizar las complejas relaciones entre la producción de sentido y las formas historizables de los procesos de subjetivación sexuada (Fraisse, 1996). Se plantea así un dilema que tiene efectos en la teoría, en la clínica y, ciertamente, en la posición del analista.