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Me habían preguntado: «Cuéntanos exactamente lo que pasó». ¿Una historia? Yo empecé: «No soy ni instruido ni soy ignorante. He conocido alegrías». Eso es decir demasiado poco. Les conté la historia entera y me pareció que escucharon con interés —por lo menos, al comienzo. Pero el final fue una sorpresa para todos nosotros. «Después de ese comienzo», dijeron ellos, «llegará a los hechos». ¿Cómo así? La historia ha terminado [Blanchot, 1973, p. 31].
Al leer el texto completo de Blanchot descubrimos que el pedido de que el sujeto cuente la historia proviene de un oculista y de un psiquiatra, ambos representando el orden de un mundo autoritario establecido. Aunque la presencia de un jefe de la policía se excluye de un modo específico y más bien irónico, la demanda se convierte inevitablemente en un interrogatorio. Al comentar este texto de Blanchot, Levinas (1975) describió cómo, aunque lo intentase, es imposible para el sujeto contar toda la historia. El lector se quedará con el sentimiento de que algo ha sido omitido, algo que está más allá de un mundo lógico pero represivo. Ese «algo» no es fácilmente comprensible en nuestras relaciones con los otros: pertenece a la locura del día (el título de la historia).
El extraño atractivo de esta breve narración es que fuerza al lector a desear el claro entendimiento que de hecho falta en el texto. Mientras que el lector se siente compelido a darle un sentido, el propio narrador admite haberlo perdido. Se puede pedir que una historia se cuente pero esto no