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Cuando me planteé realizar este trabajo, el título se anticipó en mi mente. Para los psicoanalistas, Dora no es cualquier nombre, es un nombre familiar, cercano, sabido, pues corresponde a uno de los historiales clínicos más conocidos, en que Freud fundamenta su teoría sobre la histeria, y ya sabemos, que el psicoanálisis comenzó cuando a las histéricas se les pudo escuchar. Así que le debemos mucho a aquella Dora, que le enseñó a Freud, entre otras cosas, los vaivenes de la transferencia y que se convertiría sin saberlo en el paradigma freudiano de la histeria. Dora es al final una ofrenda, como indica la etimología del nombre elegido para su seudónimo. El psicoanálisis no sería lo mismo sin ella.
En psicoanálisis, un caso es definido como el relato de una experiencia singular, de una experiencia única, esta narración está escrita por un psicoanalista para dar cuenta de una elaboración teórica, de allí su importancia didáctica.
Mostraré un resumen sobre el caso Dora (Freud, 1905) y comentaré el caso de una niña a la que le he puesto el nombre de Dorita. En ambos casos se plantean las vertientes del mismo a través de cuatro aspectos: 1) Sobre los padres. 2) Un cuerpo que habla. 3) Secretos y mentiras. 4) Espejito, espejito, ¿quién soy yo?
Nos trasladaremos a la Viena de 1900, cuando una joven de 17 años visita el consultorio del Profesor Freud.
Llega referida por su padre, quien se ha encontrado una carta escrita por ella, con un contenido suicida. El motivo es la negativa del padre a romper las relaciones con su amante, quien junto a su marido, el señor K, mantenían amistad con esta joven y su familia. Además, el Sr. K había intentado seducirla.