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He tomado el título de esta ponencia colectiva -«la cultura del analista»- no en el sentido de los bienes culturales aprehendidos, sino como contexto cultural en el que está inmerso el psicoanalista y desde el cual piensa y se posiciona frente al paciente. Un contexto que inevitablemente condiciona su pensamiento (de manera particular en cada sujeto) y por lo tanto, su escucha y su acción clínica.
Dos breves anécdotas me servirán de apoyo para comenzar a hablar de esa «piel» cultural y su importancia en la construcción de nuestro pensamiento. La primera se desarrolla en una clase sobre Kant, en la Facultad de Filosofía a la que asistía como alumna del Doctorado en Psicología. Ante una cita textual de Kant que nos leía el profesor un alumno, colega psicoanalista, exclamó: «¡Eso ya lo dijo Freud!».
Y la inversa: hablando entre colegas latinoamericanos sobre un concepto de la teoría freudiana un compañero argentino dijo: «¡Pero si eso ya lo había cantado Atahualpa Yupanqui…!». A pesar de su bagaje cultural, indudable en los dos casos, ambos habían puesto a los personajes que querían encumbrar en un tiempo equivocado en función de hacerlos aparecer como creadores de un concepto, en los primeros en darlo a luz.
Esta anécdota viene a ilustrar la idea de que la cosa cultural que nos acoge es también aquello que nos habita y que forma parte inseparable de nuestro psiquismo, por lo tanto, de nuestra interpretación del mundo, algo que resulta de Perogrullo incluso para los dos colegas de las anécdotas. Y sin embargo, con la mejor de las intenciones actuaron como si el pequeño contexto que les rodea fuera el universo entero.
A este fenómeno se le llama etnocentrismo pero en los ejemplos anteriores podríamos llamarlos «patriocentrismo» el uno y «corpocentrismo» (en el sentido de orgullo corporativo, en este caso, psicoanalítico) el