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Se han escrito ríos de tinta sobre las peculiaridades, singularidad y excepcionalidad del método psicoanalítico y de sus importantes problemas epistemológicos. De hecho Althusser (1976) propuso extender al método psicoanalítico el concepto de Bachelard (1938) de ruptura epistemológica, («el trastorno en las formas de pensar tradicionales») que previamente había utilizado para su estudio de la obra de Marx.
El desarrollo de la teoría y de la técnica psicoanalítica y el reto que supone para nuestra disciplina patologías que antes considerábamos marginales respecto a nuestros objetivos, nos plantean la necesidad de profundizar en la consideración de cuáles son las características fundamentales del método psicoanalítico y cuáles son accesorias y dependientes de las condiciones de aplicación del método. Parece de importancia discriminar lo que es el método, como equivalente al «núcleo duro de la teoría» que postulaba I. Lakatos (1970), y cuáles son las aplicaciones técnicas de dicho método, que pueden y deben variar en función de la situación concreta en que necesitemos aplicarlo. Tanto más cuando, como apunta J.-L. Donnet (2001), se da una cierta confusión entre método y objeto del psicoanálisis. Los psicoanalistas nos hemos acostumbrado a valorar hasta tal grado la técnica psicoanalítica clásica tal cual se enseña en los Institutos de Formación (cura tipo) que nos ha permitido la adquisición de nuestra identidad como tales psicoanalistas (Cruz Roche, 1989), que con frecuencia tendemos a considerar que la aplicación del método con otra técnica alternativa no es estrictamente «psicoanálisis». Por cierto que ya ello ocurrió en los albores de la aplicación clínica del psicoanálisis a los niños. Se podría decir que los psicoanalistas padecemos de una cierta nostalgia de la histeria, y de esa cura tipo que tanto nos ha ayudado e iluminado en los inicios del psicoanálisis, tanto en su historia general como en la individual de cada uno de nosotros.