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Y la tierra, y el río y su flota, y el puerto son los campos de la masacre donde triunfa la muerte. Oh ¡cuántos hechos! ¡Cuántas célebres hazañas! han permanecido sin gloria en mitad de las tinieblas donde cada uno, único testigo, de los grandes golpes que infringía, no podía discernir, hacia donde la fortuna se inclinaría…
Me he sentido siempre fascinada, durante mis diversos encuentros con colegas psicoanalistas extranjeros, por su capacidad para programarse para el futuro. Cuando alguno de ellos me proponía formar parte de un proyecto común, en general se sorprendía al oírme decir: «ya veremos… habrá que confirmarlo»; tomaba mi respuesta como una evasiva en contraste con el apasionado entusiasmo que había mostrado al principio. Me he rendido a la evidencia de que vivíamos de forma diferente nuestra programación del tiempo. El uno —él— se situaba en la constancia de un tiempo con un ritmo marcado por lo previsible, la otra —yo— estaba captada por lo imprevisible de un espacio-tiempo a merced de lo inesperado traumático —la guerra. Una guerra puede desencadenarse en cualquier momento, en caso de no ser continua como lo ha sido durante quince años y medio. Como si la guerra estuviera habitualmente ahí y nosotros viviéramos en un traumatismo permanente, indefinidamente en estado de suspensión.
El propósito de mi trabajo no es la clínica del traumatismo. Ni de la temporalidad. Sino un cuestionamiento sobre el trabajo del analista cuando