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Estas dos exposiciones que siguen tratarán de una cuestión sobre la cual habré de volver todo a lo largo de este año: ¿qué lugar se le da a la toma en consideración de su figurabilidad en la elección de las palabras con las cuales el analista nombra en su discurso interior y en el discurso que interpreta diversas «cosas psíquicas»? Elección de palabras que estará siempre condicionada por su elección concerniente a este conjunto de construcciones teóricas que tienen que ver con la realidad psíquica. En La violencia de la interpretación (Aulagnier, 1975) había definido por «lenguaje fundamental» esos dos sectores del campo semántico que comprenden respectivamente los términos que nombran los afectos (que por este mismo hecho se transforman en lo que se designa por el término sentimiento) y los términos que designan los elementos y las funciones del sistema de parentesco propio de una cultura dada. Había acordado a estos dos sectores un papel fundador en el registro de la identificación.
En el conjunto de las palabras por las cuales el análisis habla-piensa su teoría se puede aislar un sector particular, un subconjunto que comprende sus «palabras fundamentales»: aquellas por las cuales hace decibles los afectos, más exactamente las representaciones que les adjudica. Trataré de mostrar que esas «palabras,” por su enunciación y por el efecto de emoción, de sorpresa, que provocan, hacen existir las «cosas» que nombran bajo una forma nueva, y que estas mismas palabras nosotros las elegimos o rechazamos en función de nuestra evaluación de ese poder, de su presencia y de su fuerza, de su ausencia o de