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«La vida es una sucesión constante de pérdidas.»
Un elemento común en las últimas obras de los pioneros del psicoanálisis es la moderación en la apreciación de la potencialidad de cambio de un psicoanálisis, lo que se ha puesto en conexión con la capacidad limitada de hacer consciente cierto inconsciente que queda siempre como excedente inabordable. Este planteamiento lo encontramos tempranamente en Freud (1900), al proponer un ombligo inaccesible por defecto en la elaboración de un sueño y que al final (Freud, 1937) queda como resto amenazante de un análisis por ende siempre interminable. M. Klein (1958) se coloca en una perspectiva semejante al postular un fondo inconsciente disociado, de síntesis imposible, que amenazará siempre con dar la cara llevándose por delante un equilibrio psíquico siempre inestable.
El curso de la humanización es un proceso de emergencia del primitivismo evolutivo en el que el pensamiento sustituye al instinto dejando abierta la vía de ascenso por la escalera del conocimiento de Platón o la tabla de Bion. Dentro de los procesos de pensamiento, término general que usamos para referirnos a la actividad mental, el simbolismo se cuenta como una de sus formas.
El origen del término símbolo proviene del griego, simbalo, lanzar, en este caso una moneda que se fragmenta en dos trozos, de modo que uno completa el sentido del otro; el símbolo es algo que representa a otra cosa y que la completa en significado. El símbolo, por definición, supone la existencia de una distancia con lo simbolizado cuya tolerancia y repercusión psíquica son los puntos sobre los que pivotan las reflexiones de este artículo.