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Cumplido un siglo de los escritos de Freud relacionados con la técnica psicoanalítica, de la que siguió dando cuenta a través de toda su obra, me propongo reflexionar sobre la contratransferencia.
Tomo el concepto de transferencia como el instrumento que da sentido al trabajo analítico: permite al paciente revivir con el analista las relaciones y conflictos vividos en especial durante la infancia y da lugar a la neurosis de transferencia. Es desde allí que me planteo algunas cuestiones relacionadas con la contratransferencia. En este sentido, Freud percibió cómo repercutían los contenidos emocionales que el paciente le transmitía al analista, la contratransferencia, y sufrió intensamente las dificultades derivadas de ello en sus tratamientos. Dice al respecto en una carta a Ferenczi del 6-10-1910 (Brabant et al. 1993, p. 221, traducción mía): «Yo no soy el superhombre psicoanalítico que usted se ha forjado en su imaginación, ni he superado la contratransferencia». Aconsejaba que fuera eliminada por el autocontrol del analista. Consideró que era necesario dominar y superar dichos sentimientos para que el analista quedase libre en el ejercicio de su tarea, con términos como la mirada de acero del cirujano (Freud, 1912) o el receptor telefónico (Freud, 1912).
Para mi propósito, destaco dos momentos de la obra de Freud, en que plantea una apertura a dicho concepto de transferencia.
Uno es «Recordar, repetir y reelaborar» (Freud, 1914), en el que habla de una nueva técnica y dice así (Freud, 1914, p. 151-2, cursivas en el original): «Si nos atenemos al signo distintivo de esta nueva técnica respecto al tipo anterior, podemos decir que el analizado no recuerda, en general, nada de lo olvidado y reprimido, sino que lo actúa. No lo reproduce como recuerdo,