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Hace ya veinte años que estoy comprometido en un proceso de reflexión y de teorización, tanto metapsicológico como clínico, para situar la cuestión de la simbolización en el lugar central que se merece, en mi opinión, dentro del pensamiento psicoanalítico. Agradezco la oportunidad que me prestan para volver a tratar sobre las razones que apuntalan esta postura epistemológica, así como para sintetizar el estado actual de mi pensamiento sobre este tema.
En primer lugar, porque el uso de este término es múltiple, me parece necesario comenzar por tratar de definir la simbolización, base de mi exploración.
La primera cuestión se refiere a la articulación entre representación/simbolización. En esencia, como ya he señalado en varias ocasiones, nuestro aparato psíquico, como nuestro cerebro, no puede no representar ya que su organización se basa en el hecho de que «representa,” funciona así. La designación de experiencias «sin representación» que encontramos a menudo cuando aparece una experiencia traumática, es una simplificación que indica «sin representación simbólica». Si ha habido estupor, miedo o terror, éste se debe a una representación de la escena traumática, como mínimo a la representación de la ausencia de una representación aceptable.