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Cuando me detengo a reflexionar sobre mi experiencia clínica (en este texto voy a referirme exclusivamente al trabajo psicoanalítico propiamente dicho), me doy inmediatamente cuenta de que una gran parte de los pacientes que he tenido a lo largo de los años pertenece a esa categoría de pacientes denominados «difíciles,” cuyo funcionamiento mental se sitúa en esa vasta área de la psicopatología comprendida entre la neurosis, por una parte, y la psicosis, por otra. Actualmente, el trabajo psicoanalítico con este tipo de pacientes forma parte de nuestra práctica clínica habitual que, desde hace tiempo, ya no se ocupa sólo de pacientes neuróticos cuyo estudio le permitió a Freud realizar los primeros y fundamentales descubrimientos sobre el funcionamiento psíquico humano normal y patológico. Esta enorme ampliación de los efectos terapéuticos y de los horizontes teóricos del psicoanálisis respecto a esos primeros tiempos permitió, como bien sabemos, una comprensión cada vez mayor y la aceptación de que hoy en día, inevitablemente, ya no es suficiente un razonamiento que se base exclusivamente en las representaciones y en los contenidos mentales inconscientes y olvidados que «retornan», como en las estructuras de las psiconeurosis clásicas y en las relativas formaciones de compromiso sintomatológicas. El enfoque clínico que se basa en el modelo de la interpretación de los sueños (perfectamente adecuado en el análisis de los sujetos neuróticos) no parece suficiente para la comprensión de las actuales patologías no-neuróticas. Hace ya varios decenios que el psicoanálisis se enfrenta a situaciones clínicas complejas que parecen sugerir la necesidad