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La cuestión de la representación y la figurabilidad es central en los debates psicoanalíticos desde hace ya mucho tiempo. No hay dudas de que es la experiencia clínica la que ha enriquecido estas discusiones a partir del tratamiento de las que fueron llamadas por Freud neurosis narcisistas, junto con la práctica psicoanalítica con niños pequeños o con dificultades en la simbolización. Estas experiencias han generado no solo conceptualizaciones muy valiosas sino que también han ampliado las posibilidades de los recursos terapéuticos para tratar estos problemas.
El psicoanálisis clásico está basado en la teoría de la representación, que a su vez tiene estrecha relación con la noción de figurabilidad.
En el modelo freudiano (Freud, 1900), la figurabilidad es uno de los procedimientos específicos del trabajo del sueño junto con la condensación, el desplazamiento y la elaboración secundaria. Según lo resume el «Diccionario de psicoanálisis» de Laplanche y Pontalis (1968, p. 382), la representabilidad «es una exigencia a la que se someten las ideas del sueño: experimentan una selección y trasformación que las sitúan en condiciones de ser representadas por imágenes, especialmente visuales».
Si bien este aspecto no fue desarrollado ampliamente por Freud, otros autores franceses como Anzieu (1994), Aulagnier (1975) y Green (1993) retomaron la cuestión y especialmente César y Sara Botella, quienes han dedicado un libro que lleva como título «La figurabilidad psíquica» (Botella y Botella, 2001).
Los Botella, basándose justamente en la clínica contemporánea y particularmente en el trabajo con pacientes borderline y en situaciones clínicas con niños que no han accedido a la palabra, postulan un trabajo de figurabilidad como un proceso psíquico fundador que se basa en la