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Cuando dos seres se encuentran, se observan, se miran y se hablan, todo un mundo de sensaciones y emociones se desencadena tanto en sus mentes como en sus cuerpos. El encuentro es una aventura extraordinaria que por haber caído en la monotonía de lo cotidiano ni siquiera le prestamos atención, como si fuera algo habitual y desprovisto de enigmas o misterios. Sin embargo, si nos paramos a pensar, podemos inducir una gran cantidad de fenómenos que rodean las constelaciones creadas por esa proximidad entre psiquismos y excitaciones corporales solamente comparables a las grandes gestas humanas, las epopeyas o las proezas, hazañas y aventuras que los poetas nos han descrito con tanta intensidad y belleza.
Y para condensar tantos fenómenos, para que no desborden los márgenes de nuestra imaginación, hablamos a menudo de sueños, porque los sueños, tanto si son diurnos como nocturnos, parecen representar lo que podemos figurar, sentir, percibir o vislumbrar, lo que podemos contemplar con nuestros sentidos y transportar más allá del tiempo y del espacio. Y así, la palabra sueño arrastra multitud de significados que no podríamos reducir al sueño nocturno del soñar dormidos.
¿Todo encuentro sería pues un sueño?
Aunque la polisemia del concepto pudiera confundirnos, el pensamiento investigador nos impulsa a concentrarnos, a limitar tantos espacios abiertos y proponer ideas portadoras de otras significaciones. El sueño ideal de libertad se transforma en sueño portador de conocimiento, partiendo de hipótesis y experiencias que les den sentido, como sería una sesión de psicoanálisis. Porque una sesión de psicoanálisis no representa