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El estudio de los afectos, y la posibilidad o no de su regulación, está inequívocamente ligado a la estructuración del psiquismo y es un tema de interés en el psicoanálisis actual (Dio Bleichmar, 2005; Fonagy et al., 2002; Gergely, 1995; Tronick y Gianino, 1986).
Freud (1926) postula que los afectos son señales para el yo, que activan las defensas y preservan así al sujeto del exceso de excitación. El yo es la sede de la angustia y productor de la señal morigerada que protege al aparato psíquico tanto frente a la amenaza pulsional, como a la proveniente de estímulos del mundo exterior. Algunos autores desarrollaron en los últimos años aportes a la teoría de la regulación afectiva (Fonagy et al., 2002) tomando como base la segunda tópica freudiana, en la cual el yo se ubica en su doble vertiente como «vasallo» y «jinete» frente a los embates del ello, del súper-yo y de la realidad exterior (Freud, 1923). La regulación afectiva fue definida como la capacidad de controlar y modular nuestras respuestas afectivas, y distintos investigadores han encontrado una relación significativa entre los fracasos en el logro de regulación y autorregulación afectiva en la primera infancia y la psicopatología (Dio Bleichmar, 2005; Gergely, 1995; Tronick y Gianino, 1986).
El adulto auxiliador percibe el desvalimiento y el displacer del infante y opera la acción específica que disminuye el displacer, instalando la primera vivencia de satisfacción (Freud, 1896). Los padres, en consecuencia, van transformando el desvalimiento originario en polo de placer,