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En la teoría psicoanalítica estamos acostumbrados a pensar la relación entre yo y realidad como de ajuste o adaptación. El así llamado yo maduro ha abandonado el principio del placer y lo ha substituido por el principio de realidad. No sigue el camino directo de la gratificación de los instintos, sin preocupación por las consecuencias ante las demandas de la realidad, no se permite la satisfacción alucinatoria de deseos, sino que prueba la realidad externa y piensa y actúa de acuerdo con ella, adaptando sus pensamientos y acciones a las demandas de la realidad. Esta concepción de la relación entre yo y realidad presupone un antagonismo fundamental que tiene que ser superado o mediado para hacer posible la vida en esta realidad.
Y verdaderamente vemos que Freud en El yo y el ello llama yo al «habitante de una zona limítrofe», que trata de «mediar entre el mundo y el ello, de hacer que el ello satisfaga las demandas del mundo y… de acomodar el mundo a los deseos del ello» (Freud, 1923, p. 56). Sabemos que la primera concepción que Freud tuvo del yo era que este representaba la entidad defensiva, represiva, dentro del aparato psíquico. Solo más tarde enfatizó la función sintética del yo. Habla entonces del yo como de «una organización que se distingue por una tendencia muy notable hacia la unificación y la síntesis» (Freud, 1926, p. 196). Sin embargo, tiende a ver esta función sintética misma como una defensa. En El yo y el ello describe vívidamente el infortunado rol del yo, ubicado entre el ello y el mundo externo (y el superyó), tratando de lograr un compromiso entre ellos y satisfacer a estos amos y de defenderse a sí mismo contra sus diferentes demandas. El reconocimiento que hace Freud de la función defensiva del yo nunca ha dejado de jugar un papel preponderante en su concepción del yo y ha oscurecido una y otra vez otros aspectos del yo en el pensamiento psicoanalítico. Paralelamente, la realidad exterior ha sido vista predominantemente bajo el aspecto de un pod