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Sapere aude! ¡Ten la valentía de utilizar tu propia inteligencia!
Siento el aire denso a pesar de ser primera hora de la mañana. En una especie de ritual que se ha ido instaurando con la paciente, he dejado ya preparada la caja de pañuelos en la mesilla junto al sillón. Y a su lado, abajo, una papelera que se irá llenando. A veces pienso en que todas las lágrimas que brotan y se enjuagan en los pañuelos que van siendo depositados casi hasta desbordar el recipiente son una metáfora de lo que viene aconteciendo entre nosotros. Hace ya casi tres años -me sorprende el paso del tiempo, que parecería casi detenido con ella- que vienen repitiéndose los encuentros, de no más de una sesión al mes a mi pesar.
Todavía recuerdo mi impresión al abrir por vez primera la puerta. Unos ojos negros pequeños y llorosos enmarcados en una mueca dolorida. Una mujer encogida, enjuta de carnes, como encerrada en sí misma aún acompañada por su marido en aquel primer encuentro. En mi memoria sobre todo pesan sus lágrimas, que desde entonces brotan cada vez, como desde un pozo sin fondo. Pero poco a poco, y como entre retazos aislados me ha ido llegando algo de una historia terrible que he ido intentando entretejer en mi mente.
Es la pequeña de una larga fratría. Sus padres se separaron siendo ella aún muy niña. Los hijos se quedaron con la madre, que sufría importantes problemas de alcoholismo. Sin casi recursos, sin una casa en la que vivir, teniendo que moverse de aquí para allá, ella se ha sentido desde muy pequeña sin un lugar en el mundo. Recuerda esconderle las botellas de destilados a su madre, a la que al mismo tiempo quería muchísimo. Le