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Hasta hace poco concebíamos la mente como algo esencialmente monádico, que contenía completamente dentro de sí mucho de su contenido además de los rudimentos de su estructura. En años recientes, sin embargo, algunos psicoanalistas y filósofos han empezado a considerar que la mente está constituida por un mundo interactivo e interpersonal. (El novedoso descubrimiento de que las conexiones en el cerebro del bebé se establecen a través del interjuego más precoz con los adultos con los que se comunica constituye una gráfica correlación neurológica de esta tesis). Pensamos la situación observacional ínsita en un campo intersubjetivo (Mitchell, 1988) y sostenemos que se llega al conocimiento mediante un proceso de diálogo, en el cual la contribución que hace cada persona es necesariamente parcial. Me voy a referir libremente a estas concepciones, y a otras emparentadas, llamándolas el punto de vista intersubjetivo de la mente, advertida de que tanto en psicoanálisis como en filosofía existen diferencias importantes entre quienes proponen este punto de vista.
Este giro trae consigo consecuencias clínicas enormes que afectan lo que pensamos sobre las resistencias (Spezzano, 1993), el inconsciente (Stolorow y Atwood, 1992), el cambio psíquico (Hoffman, 1983) y, desde ya, la relación analítica. El observador analítico «neutral», situado de alguna manera fuera del par analista-analizando y donde tiene acceso privilegiado a la verdad, ha desaparecido; reconocemos que entre analista y paciente la interpretación transcurre en dos direcciones (Hoffman, 1983).
Creo que en líneas generales los intersubjetivistas van por el camino adecuado, razón de más para proteger su posición de algunas inferencias equivocadas que ellos mismos formulan ocasionalmente, y que de hecho