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La secuencia de los acontecimientos y de las reflexiones que me propongo describir puede servir para definir mejor lo delicado que resulta ese complejo momento constituido por el primer encuentro con alguien que aspira a ser un paciente, delicado también para el analista, que se mueve en un contexto que carece del dispositivo tranquilizador constituido por el esquema referencial del encuadre. Un momento que puede ser una fuente de cierta riqueza heurística y también de una comprensión analítica, siempre que las condiciones de la escucha nos permitan desenredar las complejas conexiones entre el lenguaje, la cultura y la personalidad de ambos miembros de la pareja terapéutica.
En este caso específico, una serie de coincidencias han permitido convertir en ventaja cognoscitiva una cierta especularidad que, en circunstancias distintas, habría podido dar origen a la imposibilidad de tomar en análisis al interlocutor, por la emergencia de movimientos contratransferenciales negativos dominantes.
Un día, hace dos meses, recibo una llamada telefónica de una señora, mujer de la persona a la que en este trabajo llamaré Marco, que me pide una entrevista para el marido. Le parece excesivo el tiempo de espera, luego cedo ante su insistencia y acordamos una cita para el día siguiente a las 13:00, hora de mi pausa para el almuerzo. La alusión al «infarto» que el marido había sufrido poco tiempo antes me hace sentir el deber de responder con prontitud. No solo por el carácter de urgencia conferido al pedido, sino también porque me es imposible distinguir por teléfono el tipo de intervención que se me demanda, ya que también en el mismo despacho, en momentos separados, ejerzo mi actividad como psiquiatra.
Le doy las indicaciones que normalmente comunico a todas las personas que recibo por primera vez: que no lleguen antes porque si estoy en sesión no puedo responder, y que no llamen al telefonillo donde figura mi nombre (que es el de mi casa) sino al número de mi despacho.