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Podemos decir que una época ha terminado cuando sus ilusiones fundamentales se han desvanecido.
Jugar es hacer.
«Estos meses de 1940 han sido fatales para la producción literaria europea. La norma básica para todo trabajo creativo sigue siendo la concentración, y jamás ha sido tan difícil de alcanzar para los artistas de Europa. Porque… ¿cómo concentrarse en medio de un terremoto moral?», le dice Stefan Zweig al periodista Robert van Gelder de The New York Times (Verdú, 2013).
Stefan Zweig era un escritor exitoso cuyos ensayos, biografías y novelas se habían traducido a más de cincuenta idiomas. Desde 1925, ningún otro autor vendía tantos libros como él. Su capacidad narrativa, la pericia y la delicadeza en la descripción de los sentimientos y la elegancia de su estilo, lo convirtieron en un narrador fascinante.
En ese año de 1940, exiliado en Nueva York, Zweig inició la redacción de sus memorias, El mundo de ayer (Zweig, 1942). Es un conmovedor testimonio de un europeo empapado de civilización y nostalgia por un mundo, el suyo, que se iba desintegrando.
En junio de 1914 Zweig estaba en la pequeña ciudad de Baden, cerca de Viena, descansando. En el parque se escuchaba una banda de música.