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La intervención de Sabin Aduriz evoca muchas cosas en mí. En el año 2007 mi hijo Ezequiel, con una beca Leonardo, residió en Cracovia. Sus dos hermanos, mi esposa y yo, todos, fuimos a visitarlo en noviembre. Era el gélido invierno polaco. Auschwitz está a cuarenta y tres kilómetros de Cracovia. Los cinco fuimos a visitar Auschwitz. Toda la vida había leído cosas sobre Auschwitz, había leído a Kertész (nacido en ), Premio Nobel en 2002, autor de Sin destino (Kertész, 1975), víctima, testigo y narrador lúcido del Holocausto. También había leído en ese mismo año, 2007, una entrevista en la que Kertész recomendaba que si se visitaba Auschwitz, lo más importante era Birkenau. Le hicimos caso y tenía razón.
Auschwitz 1 es un museo, un museo de horrores, pero tiene paredes y es más representable mentalmente. Birkenau (Auschwitz 2) es una ampliación posterior, está a tres kilómetros y es un inmenso campo de dos kilómetros y medio por dos kilómetros. Está muy desnudo, quedan muy pocas trazas y uno puede imaginar mejor lo que fue aquello. Allí mataron a más de un millón de personas. El historiador Pierre Vidal-Naquet llega a decir que lo específico de Auschwitz no es la industrialización de la muerte, es decir, el empleo de técnicas industriales para matar en masa. No, «lo esencial es la negación del crimen dentro del propio crimen» (Vidal-Naquet, 1991, p. 416). Los nazis entendieron perfectamente la importancia del testigo. Por eso no estaban dispuestos a dejar rastros. Los cadáveres eran transformados en cenizas y las cenizas luego eran aventadas.
Cuando Sabin nos trae a Green, Kertész y lo negativo, la ruptura del contrato con lo humano y la contraverdad aliada a la violencia, encontramos trazas de pensamiento para pensar lo impensable.
Agradezco nuevamente a Pepa Llinares, que discutió mi ponencia, agradezco a Sabin Aduriz su intervención y a todos los compañeros que participaron en el Simposio y me «arroparon» (hermosa palabra que existe en el español de España y no en el