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Cuando se reflexiona desde la perspectiva de un país del Tercer Mundo, periférico con relación a los grandes centros de producción teórica, como lo es el Uruguay, llama la atención no solo la multiplicidad de orientaciones en las que se desarrolla el psicoanálisis actual y lo radical de sus diferencias, sino también el aislamiento que mantienen unas respecto a otras. ¿Qué ocurre cuando las distancias entre ellas se acortan? A este respecto la experiencia del grupo uruguayo, abierto a textos y visitantes de distinta procedencia, puede ser ilustrativa.
Luego de un periodo fundacional, marcado por la convicción de que el pensamiento de Melanie Klein prolongaba y desarrollaba el de Freud, se dio, junto con el interés por otros autores (como Lacan, Bion, Kohut, Winnicott, etc.) un momento de revisión y de cuestionamiento que desembocó en un pluralismo en cuanto a lo teórico y, menos visiblemente, en cuanto a la práctica.
Por tratarse de un grupo pequeño y con un fuerte sentimiento de unidad, estas diferentes posturas entraron inevitablemente en contacto entre sí. Este contacto fue a la vez conflicto: ¿rivalidad entre las teorías y sus defensores?, ¿complementariedad?, ¿aislamiento?, ¿embanderamiento?, ¿eclecticismo?, ¿escepticismo?
Estas preguntas hicieron necesaria una reflexión acerca de qué representan las teorías para los psicoanalistas, para las instituciones psicoanalíticas, para el psicoanálisis como práctica y como empresa de conocimiento