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Cuando hablamos de «casos difíciles», se impone de entrada una pregunta: realmente estos casos, ¿para quiénes son difíciles?
¿El análisis de un paciente determinado o de otro puede considerarse difícil para cualquier analista, para todos los analistas? ¡Analizamos casos que nos llegan con una fama tremenda, sudamos tinta con personas de las que nos habían dicho que no había mayor problema! Claro, con buena fe e inconscientemente, un paciente puede plantearnos dificultades, porque su problemática reactiva una zona de sombra mal explorada en uno mismo, una historia personal demasiado parecida o demasiado diferente, o porque choca con opciones éticas radicalmente opuestas. A veces también ocurre que no entendamos bien a alguien que tiene una cultura, unas tradiciones o un idioma materno demasiado lejanos, u otra persona que se las apaña para contradecir un punto teórico sobre el cual precisamente nos falta flexibilidad y humor. También existen incompatibilidades de carácter, de estilo, y afinidades demasiado seductoras.
Todo esto es el abanico de las contra actitudes; se acepta o se reniega. O andamos agobiados por el exceso de pacientes o nos inquietamos por la falta de los mismos; el caso difícil es otra cosa: por definición, nunca es lo que se cree. Es aquel, recíprocamente y en consciencia, que asombra o paraliza aquello que en el funcionamiento psíquico del analista siempre está listo para resistir al descubrimiento del inconsciente. Insistir sobre lo «contra» de la contratransferencia es apuntar al riesgo que corre el analista de perder, sin darse cuenta, sus facultades de ligazón y la cohesión de su yo. Cuando se despierta, si es que se despierta, es tarde; a veces demasiado tarde. Desde Freud ([1914] 1915) a R. Rousillon,1 pasando por M. Schneider (1982) y otros, se evocan los estragos de la contratransferencia apasionada. Deseo