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La metáfora ha sido entendida tradicionalmente como una figura retórica usada por poetas y artistas. Usualmente se la ha definido como «Tropo que consiste en trasladar el sentido recto de las voces a otro figurado, en virtud de una comparación tácita» (Real Academia). Ya Aristóteles en La Poética y la Retórica había puesto el énfasis en los procesos de transmisión y extensión de significado propios de la creación metafórica. Cuando se crea una metáfora transferimos un atributo de un sujeto a otro sujeto a quien literalmente no le corresponde. Esta transmisión se acompaña por una extensión figurada del significado original.
En esta perspectiva Ricoeur (1975), en la Metáfora viva, considera que las metáforas surgen para llenar vacíos semánticos. Los procesos de extensión de significado presentes en las figuras metafóricas, generan una nueva referencia y una nueva pertinencia semántica que se torna «impertinente» con respecto al sentido literal y a la referencia habitual del término.
En una postura diferente D. Davidson (1978) señaló el carácter pragmático de la metáfora. En su visión lo relevante en la metáfora, no es la transmisión de un significado sino la promoción de cambios conceptuales y creación de significados en el oyente. Desde su perspectiva, la metáfora no crea un sentido figurado sino que los términos usados en la metáfora siguen significando en forma literal. Pero el aspecto central que este autor destaca es que las metáforas dejan un grado de indeterminación entre los aspectos relacionados lo que sugiere asociaciones nuevas y relevantes en el oyente. De este depende la forma en la cual se establecen nuevas conexiones que producen nuevas significaciones y emociones (Quintanilla, 1999).