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En un principio, para Sigmund Freud la patogenia de los síntomas neuróticos radicaba en el conflicto entre unos deseos instintuales inconscientes y las exigencias de una moralidad consciente. Más tarde tuvo que convenir que todos los elementos en el conflicto podían ser inconscientes (Freud, 1916, 1923). La experiencia clínica había mostrado a Freud que ciertos recuerdos infantiles de acontecimientos traumáticos eran a veces rememorados espontáneamente, mientras que algunas motivaciones anti-instintuales como la culpa podían ser completamente inconscientes. Fue el reconocimiento de que tanto lo reprimido como las fuerzas represoras podían estar más allá de la consciencia lo que hizo insostenible el concepto del funcionamiento mental basado en aquella primera tópica o teoría topográfica que dividía el psiquismo en un inconsciente y un preconsciente/consciente. Como Merton Gill escribió: «Evidentemente, Freud pensó que las fuerzas antitéticas no debían situarse conceptualmente dentro del mismo sistema y las separó, poniendo los impulsos en el ello y la defensas en el yo» (Gill, 1963, p. 140). En efecto, en El yo y el ello, Freud llegó a la conclusión: «Lo inconsciente no coincide con lo reprimido. Todo lo reprimido es inconsciente, pero no todo lo inconsciente es reprimido. También una parte del yo… puede ser inconsciente» (Freud, 1923, p. 2704), añadiendo años más tarde: «Hemos de reconocer, mal que nos pese, que el superyó y lo consciente, por un lado, y lo reprimido y lo inconsciente, por otro, no coinciden en modo alguno» (Freud, 1933, p. 3139).
Ya en 1894 y 1896, Freud comentó acerca de la naturaleza inconsciente de las defensas, aunque sin describir todavía la especificidad de estas. El concepto de «represión» de la primera tópica subsumía todo tipo de esfuerzos del preconsciente por mantener alejados los contenidos psíquicos conflictivos. No es hasta 1926 que Freud decidió que el término «defensa» debía ser reconceptuado como una acepción capaz de denotar con ma