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Las teorías ofrecen conceptos y principios plausibles y aceptables para la comunidad de una determinada disciplina que permiten comprender y explicar los fenómenos observados en un campo específico y que, a su vez, facilitan la percepción de los mismos.
El psicoanálisis es una disciplina muy particular porque su campo específico de observación incluye una relación viviente creada artificialmente entre dos personas, que comprende sus intercambios comunicativos, sus afectos, y sus experiencias subjetivas y corporales, así también como las manifestaciones inconscientes que no pueden detectarse directamente. Esto crea dificultades significativas para integrar nuestra disciplina con los requisitos estrictos de la investigación empírica. Esta dificultad no cambia el hecho de que no hay ninguna otra teoría científica capaz de acceder a las manifestaciones múltiples y complejas de la experiencia humana en vivo y articularla en (Tuckett, 2008, p. 247) «modelos explicativos» que no implican solamente niveles conscientes o cognitivos sino más que nada «patrones observables de actividad humana basados en creencias implícitas»,1 tales como se encuentran en explicaciones de concepciones religiosas, o de la causa de enfermedades, o las de las cosmologías.
La teoría freudiana comenzó con el experimento de Breuer de invitar a su paciente Anna O. a decir todo lo que se le ocurría mientras él trataba de darle sentido a lo que ella experimentaba. Así descubrió que si la narración describía un evento penoso para ella y recuperaba el afecto original el síntoma que la afectaba al momento se desvanecía. Todo el psicoanálisis comienza con este descubrimiento. Hablar acerca de experiencias aparentemente